miércoles, 22 de febrero de 2012

Insomnio (Parte II)

Terminé el cigarro y me acosté. Estaba todo oscuro, ni un poquito de claridad. Hasta me paré a apagar el televisor desde el aparato, porque si lo hago con el control, me molesta la luz roja. Era lo mismo tener los ojos abiertos que cerrados.

            Con los minutos, la vista se me acostumbró y veía toda la habitación.

            Hacía un día que no dormía. La idea de no poder escribir me abrumaba. Salí del hotel y di vueltas por toda Capital Federal. En cuestión de horas, pase de Palermo a San Cristóbal. También estuve por el centro, cerca del Obelisco. Hasta que paré en Belgrano. De ahí, me tomé el colectivo hasta casa. Tenía cansancio corporal y mental. Busqué historias todo el tiempo. Las encontré, pero no conseguía pasarlas a un papel.

            No podía dormir.

            No sabía qué me pasaba. Bah, sí. Necesitaba un perdón. Pero, ¿de qué? No lo sé. ¿Tan mal me porto? Vasos, cigarros, besos, sexo… eso no está mal. Mal está ser un asesino serial o ser un golpeador de mujeres. Yo sólo escribo. Y no estaba pudiendo.

            Me destapé. Apoyé el culo contra la pared fría. Seguía sin sueño.

            Está bien. Aceptaba mi condena, aunque no la podía manejar. Necesitaba ese perdón. No era cualquier perdón. Era el perdón de esa mujer que me sacudió el piso como terremoto japonés. Tenía que volver a ese balcón, a esa cama con sábanas más oscuras que el pasado. Quería miles de años nuevos con besos de champagne. De a poco, me transformaba en un pelotudo.

            La puta madre. Tengo insomnio. No puedo escribir, no puedo dormir… en cualquier momento mi hígado se revela y tengo que dejar de tomar.

            No tenía nada para contrarrestar el momento. Ni whisky, ni vino, ni pastillas. En el botiquín se escondía un Alikal, nada más. Un día de mierda termina con una noche de mierda.

            Mientras me tapaba y destapaba constantemente, intentaba decidir. Le hablaba a mi cerebro y le pedía una solución. No era cuestión de pensar demasiado: tenía que ir con ella. Explicarle que me arrepentía de haberme ido, que el fin era un estado de ánimo. La eternidad era lo importante. Quería flotar. Extrañaba su salvajismo, sus dientes mordiéndome el pecho y su nuca en mi nariz. Fue una revelación.

            Ya está. Ya descubrí el problema. ¿Puedo dormir? No.

            Si no puedo dormir, no paro de pensar. Para colmo, el barrio me regalaba música. Autos, colectivos, gente gritando. Suburbio porteño. Necesitaba dormir y todo me desconcentraba. Tenía que descansar y tenía los ojos más abiertos que los duros del bar. Búhos.

            Ya había probado ocho posiciones para poder dormirme. Los vecinos arrancaban sus días laborales. Dejé de pensar. Arranqué de vuelta a las tres de la tarde.

Me puse los pantalones. Desayuné cigarros y salí en búsqueda de mi solución.

viernes, 20 de enero de 2012

Necesidad (Parte I)

Apenas entré al hotel, supe que más de una noche no pasaba ahí adentro. Era un lugar raro, no era feo: piso de madera con un plastificado ya rayado, unos sillones verdes ubicados alrededor de una mesa ratona. En las paredes unos cuadros llenos de polvo con unos paisajes horribles. Era acogedor y raro.

            Hice sonar una campana y un viejo con un parche en el ojo derecho apareció de atrás de una puerta. “¿Qué buscás?”, me preguntó con un mal humor indecente. Era obvio que necesitaba una habitación, sino no estaría en un hotel a las tres de la mañana de un martes. “Algo silencioso y sin cucarachas”, le contesté. Agarró un bastón y me llevó hasta el final del pasillo.

            “Silencioso es Claromecó en agosto. Estamos en Capital Federal y el ruido gobierna, papá”, me dijo mientras abría la puerta de la habitación número 9. Era quedarme callado o emparcharle el otro ojo. Opté la paz.

            Había olor a humedad, un papel tapiz amarronado, un espejo en una pared y una ventana que daba a Juan B. Justo. Prendí la lámpara que estaba sobre la mesita de luz y apagué la del techo. Me encantó la habitación. Era lo que buscaba. Salvo el ruido.

            Apoyé mi bolso sobre una silla de mimbre y la bocina de un colectivo hizo temblar las paredes. Me tuve que acostumbrar.

            Saqué el whisky. Bienvenidos.

            Los hoteles me inspiran. Por lo general, me causan una confusión tan grande que me dan cientos de cuentos. Algún día se conocerán. Cuando deje de ser un bandido que le roba noches a las mujeres y persecuciones a los hombres.

            Nunca nadie va a saber de ellos.

            Me tiré en la cama con la botella y un coro de perros dio una función de cinco minutos. Eran insoportables. Eran poesía. No soy poeta.

            No iba a poder descansar. Tuve que hacer en ese momento, lo que iba a dejar para el día siguiente. Agarré una lapicera y una hoja.

            Quise salvar al mundo.

            No pude escribir estaba bloqueado. El escenario era el que deseé, el aire también. Pero estaba obnubilado. Veía como el tiempo se moría en un reloj colgado enfrente de la cama. Para peor, los perros volvieron a ladrar.

            Se me había ocurrido una idea. Inventarle una historia a cómo había perdido el ojo el viejo del parche. No le encontré una trama y perdí el hilo. Al rato, me olvidé lo que estaba pensando.

            Le di tres sorbos en un solo trago al whisky. No podía pensar.

            No entendía. No sabía si era miedo, no sabía si estaba tan borracho que no podía concebir dos ideas.

            Ya por el primer cigarro del segundo paquete y con tres vueltas de la menor aguja al reloj, me di cuenta qué mierda me estaba pasando.

            Era su culpa. Y yo era el culpable.

            No me gustan los finales. Nunca supe cómo hacerlos, ni siendo escritor. Por eso, me di cuenta que necesitaba algo.

            Necesitaba la absolución.

domingo, 15 de enero de 2012

Pizza y baño

No era sábado pero la noche me engañó. Entre mi cerveza hogareña y una de un bar lleno de culos, era claro cuál elegiría. Agarré la campera y salí a paso lento. No son muchas cuadras, así que no me preocupé. El vientito de verano me gusta. Me hacen sentir en la orilla del mar, aunque el agua que tenga más cerca sea la de la canilla que gotea en la entrada del edificio.
           
            Tenía suficiente abrigo como para calmar el frío, pero no los vicios. Busqué el paquete de cigarros. Tenía sólo uno, también el encendedor. Mi cuerpo ya parecía la Bristol un 10 de enero a las dos de la tarde. Caminaba tranquilo.

            Una cucaracha se mostró valiente en el medio de mi viaje. En realidad, no sé si llamarlo valentía o estupidez. El bicho es un bicho. Nadie le dice “bicho” a algo lindo. Son sucios y dan asco, la sociedad los excluye. Las cucarachas se refugian entre las paredes, las baldosas y alguna esquina inalcanzable para el pie. Pero a menudo salen a romper las pelotas. A veces, hasta se suben a uno y buscan algo que ni ellas saben qué es. Salen de sus nidos, nos desafían y cuando se dan cuenta de su inferioridad, piden piedad o huyen a gran velocidad. Tarde cucaracha, no llevo clemencia en mi mochila.

            Llegando a la puerta del bar, me di cuenta que necesitaba un baño. Ni saludé y encaré al de caballeros. La birra había hecho su efecto colateral. ¿Qué necesidad de convertir el baño en Londres? Tres pibes llenaban el puto lugar de humo. Cuando no hay niebla, nieva. No te dejan ni mear tranquilo.

            Cuando me vieron, se hicieron relámpagos y desaparecieron en segundos.

            Quiero otra cerveza.

            No me divierte este bar. Es el único que está abierto y me queda cerca. Además, los culos son admirables. Aunque tiene algo mejor que todo eso junto: la pizza. Así que me pedí una Stella y una grande de muzzarella.  Dios existe.

            Mis ojos estaban enfocados en el aceite que chorreaba. Casi me excitaba con la fusión entre el queso y la salsa. Era sexo. Y yo lo hice oral. No recuerdo haber visto ningún culo, ni un solo par de tetas. Hasta que iba a agarrar la tercera porción y una mano se interpuso. Uñas largas pintadas de blanco y una pulsera de plata que decía “AMOR”. Una mano esbelta y flaca tomó la misma porción que yo. Esto era guerra.

            “No tenés idea lo qué estás haciendo”, la desafié.

            “Es cierto. Por eso lo hago”, me retrucó.

            El final estaba cantando. El campo de batalla, no. Ella era vino tinto. Era la dulzura física y tenía un aura rojo pasión. No me dejó muchas alternativas. Agarró mi comida y se fue al patio. La vi irse. “¿Qué estoy haciendo?”, me pregunté y la perseguí. La hubiese perseguido hasta la cima de la Torre de Babel.

            Arriba de una mesa, estaba el resto de la pizza. Me faltaba ella. Noté que también faltaba una porción.

            Olí la grasitud de esa porción y el perfume que brotaba de la morocha de manos pajeras. El baño.

            Estaba parada contra la pared de colores y comía esa porción como si hubiera pasado cuatro días de hambre. El aceite bajaba por su labio y sus dedos se llenaban de tomate.

            El olor del baño era nauseabundo. Puse toda mi concentración en el perfume de su pelo. Logré enfocarme en nosotros. No es tan fácil como parece, fue todo un mérito. Ella se dio vuelta y apoyó las manos en la puerta de uno de los inodoros que estaba clausurado. Levanté su vestido verde y sentía todo su calor. Su color. Su dolor. Éramos una furia vikinga. Nos caíamos. Pero no nos íbamos a tirar en ese piso ni aunque hubiese habido más pizza. Le agarraba la cintura y la sacudía como si fuese un aerosol.

            Acabé. Acabó.

            Una de sus manos frías me recorrió desde la punta de mi pene, hasta el cuello de mi camisa. Me agarró y me dijo:

            “Soñá conmigo”.

            Agarré mi cerveza, le regalé mi pizza y me fui del bar. Ya era de día. El sol me mataba los ojos. Quería aplastarlo como a una cucaracha que huye de su nido.

            No le hice caso a la morocha. Yo no sueño. Yo escribo.

viernes, 13 de enero de 2012

El príncipe

            Una tormenta me perseguía y necesitaba un techo si no me quería morir ahogado. Por suerte para mí, lo único abierto era el bar. Siempre caigo parado. Con una capucha negra entré y me senté sin problemas. Nadie sale un miércoles. Aunque no me hayan visto la cara, me conocen. A los escasos minutos, un tal Juan ya caminaba en mi mesa dispuesto a sacarme la sed. Bendito seas Johnny.
           
            La moza se fue moviendo el mismo culo que tenía siete noches atrás. También me conoce ese culo. No mucho, pero cruzamos pocas y rápidas palabras. Mi desempeño provocó un ininterrumpido silencio entre nosotros. Y coincido con ella y con Luca: mejor no hablar de ciertas cosas.
           
            Afuera llovía como si los Mayas fuesen a tener razón. El ruido del agua no me dejaba escuchar al que cantaba. Bendita seas lluvia. En un rincón del bar, había un tipo que desentonaba con el ambiente. Estaba vestido de traje, afeitado y peinado. Claramente lo prejuzgué. Yo todavía tenía la capucha puesta y la mitad de mi cara estaba tapada, pero podía ver todo. El tipo del traje no me sacaba los ojos de encima. En cualquier momento, se me sentaba en la mesa.
           
            Ni bien termine de pensarlo, él y su vino rancio apoyaron sus agónicos cuerpos enfrente de mi cara oscura. Alguien le había contado de mí y me reconoció. Maldito seas “alguien”.

            “Vos sos el único que me puede ayudar”, me rogó. Tenía los nervios a flor de piel. Le dio un trago largo al tinto y desembuchó: “Yo sé que esto es raro y es probable que no me creas, pero soy un príncipe. Tuve todo lo que podía tener, no respiré otro aire que no sea el del éxito. Tuve el universo pidiéndome limosnas, hasta que cometí el peor error de todos. Maté a los reyes”. Interrumpió el relato y me hizo un ademán con su botella. Lo ignoré por completo y quemé mi garganta con lo poco que me quedaba en el vaso.
            
            “¿Algo más?”, le pregunté. Ambos sabíamos que el tipo no requería nada más. “No, con esto es suficiente. Te lo agradezco de corazón”, me respondió. Se levantó y se fue del bar. Se sumergió en la incertidumbre de la tormenta y la noche. Salió a domar su vida con la suerte que se ganó como trofeo por perderlo todo. Lo vi llevar una sonrisa y desaparecer en la ventana.

            Si no se apura, el azar se lo va a llevar con los reyes.

            Ya con el vaso vacío, me saqué la capucha y miré a la barra. Volvió la defraudada moza. “¿Me traes la botella de whisky?”, le pedí. Sonrío y brilló todo el lúgubre bar. Saqué un cigarro del bolsillo izquierdo de mi campera. La puta lluvia condenó a mi encendedor. La moza reapareció con más belleza que nunca. Tenía fuego  y me lo acercó. Mirándome a los ojos me dijo: “Disfrutalo, mi amor”.

            Fue una noche de redención.

viernes, 6 de enero de 2012

En su balcón

Ella me miró y se rió. Puso su mejor cara y mantuvo una sonrisa impecablemente boba. Me ama. Como para no. El villano de cualquier historia de amor yace al lado suyo, semidesnudo, devolviéndole esa mirada inmortal. Hoy por hoy, si hablamos de crímenes, hablamos de amor. Y nunca vamos a decir que un asesino es bueno.
            “Te quiero toda la noche. Mañana no sé”, me susurró y me baño en aliento a champagne. Miente. “No me querés. Decí la verdad”, le retruqué con una soberbia innata. No respondió y me dio la espalda. Su tez blanca resaltaba en las sábanas oscuras. Le miré el culo, tengo una obsesión. Me acerqué a su nuca y nos ahogamos en un mar erótico. Al fin y al cabo, no soy sólo una cara bonita.
            Sin advertencias, se ofuscó. Me dio esos empujones cargados con ira sexual. Quería más. Ni me inmuté. Me levanté de la cama y saqué el sillón al balcón. Había pasado una semana del accidente y la pierna seguía delicada. Me tengo que sentar o me empieza a doler. Increíble pero lo sufrí mucho más a los dos días que pasó.
            Miré el reloj del living y ya se había ido media hora del año. No cenamos mucho, pero nos comimos desde las once hasta que estallaron los fuegos artificiales. Todavía seguían explotando, una y otra vez. Visto desde su balcón, parecía que estuviesen sacando fotos con flash en toda Capital Federal. El cielo era una fiesta de colores y ruido. Algo parecido a lo que había pasado en la habitación una hora antes. Todavía estaba transpirado.
“¿Ya se terminaron los festejos?”, me dijo invitándome a seguir brindando con Dios. Apareció con un Barón B y sus dos tetas. Llenó las copas hasta arriba. Lo poco que quedaba dentro de la botella lo tomó del pico y la revoleó al vacío. Me gusta su sorpresa y cuando se despreocupa. No tenemos idea qué pasó. Estamos seguros que no mató a nadie.
            Con sus pezones duros y su culo helado se sentó arriba mío. Ella es el salvajismo cauteloso. Sabe ser un felino prolijo que mata a sus presas sin dejar un rastro, pero lo hizo tan bien que te excita ver el cadáver. Es perfecta y no está comprometida más que consigo misma. No desprotege sus venas mostrándote lo mejor. Siempre lo peor para que te alejes. No pudo conmigo. Soy irresistible.
            Se terminó la copa en cuestión de segundos. Se encargó de dejar una última gota, que fue a parar a mi pecho. Sólo la vio caer hasta morir en mi ombligo.
            Me abrazó y ese fue el principio del fin.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

La leyenda de la bala perdida

“Comí como un cerdo. Me voy a fumar afuera”, exclamé. No tenía panza, tenía una pelota de básquet. “No, mi amor, es peligroso”, me advirtió mi abuela. Hice caso omiso a su intento por frenarme y salí. Le tiene miedo a las balas perdidas. Dice, que una vez, una perra que tenía se murió por culpa de un “infradotado armado”. Cada vez que lo cuenta, tengo que mirar para otro lado para no reírme.
Sólo para joderle la vida, está vez me llevé al perro que tiene ahora. “¡Vení, Hugo!”, le grité al animal y mi abuela se puso como nieve. “No seas pelotudo”, me pidió mi prima. Fue más fuerte que yo y me fui con el Beagle gordo para el jardín.
Raro, pero hacía frío. Papá Noel y el frío sólo se juntan en las películas que pasan Canal Trece y Telefé en estos días. Ahora resulta que en Argentina también te tenés que abrigar en Navidad. Capitalismo.
Me tiré en una hamaca que era de mi vieja y mis tíos cuando eran chicos y Hugo se tiró al lado mío. Le cuesta respirar de lo obeso que es, pero es lindo igual. Por lo general, tiene un olor horrible. Gracias a algún milagro navideño, mi abuela lo había bañado. Me había olvidado el vino y lo necesitaba. “Quedate ahí, Hugo. Ya vuelvo”, le avisé al perro como si la razón se hubiese apoderado de él. Obvio que no se movió.
Vino tinto de damajuana. Cortesía de mi abuelo. Brindé, brindo y brindaré por eso.
“¿Y Hugo?”, suplicó mi abuela con voz típica de abuela dramática. “Vive, quedate tranqui”, cargué de ironía mi respuesta y salí de vuelta.
El perro seguía ahí, parecía muerto. Me fijé si respiraba, sólo por las dudas. Todo en orden. Está vez, me senté en el pasto lleno de rocío y por fin, encendí el cigarro. Se me pasó el frío. Es una costumbre que tengo. No uso buzos, ni camperas, sólo tengo un paquete de cigarrillos como abrigo. Sentía como mis piernas estiradas se mojaban y no me importaba. Estaba borracho.
Hugo se levantó y se fue para adentro. Lo noté apurado. ¿Cuántas veces habré visto un perro apurado? No sé. Este hijo de puta casi corrió hasta adentro. Sacó forma física de donde no tenía
De repente, sentí que el agua del césped se puso caliente y el placer del vino con el cigarro se fue a la mierda. Sangre.
Mandé a cagar a toda la sociedad. La carne viva era poca, el dolor tampoco era mucho. La idea de tener una cicatriz por semejante pelotudez, me hería el orgullo. ¡Con todo lo que me había reído de esa perra de mierda!
A lo primero que atiné fue a tirarme vino en la herida, abajo de la rodilla. Supuse que el alcohol de ese tinto de damajuana me iba a ayudar. No sé si me ayudó o no, pero me ardió como si estuviese nadando en el Puyehue.
Me sentía el más pelotudo. Me sentía al mismo nivel que la perra de una vieja. Por suerte, no se había metido tan adentro. Con la única uña que tengo larga me la pude sacar. No me dolía tanto. Lo que más te hace sufrir cuando te dan un balazo es la quemadura que te genera, pero como esta bala venía de cielo, no fue la gran cosa.
            Caminé como pude hasta adentro. Se habían ido a dormir todos. El sándwich de vitel toné que me había hecho seguía donde lo había dejado. Me senté con la pierna extendida y me comí ese manjar. Mi sangre, vitel toné, me sentía un vampiro adolescente. Me sentía un pelotudo.

viernes, 23 de diciembre de 2011

La prostituta

“Otra”, dije casi sin voz. Ninguna de las personas que tenía que hacerse cargo, me miró. Un chico que estaba parado en la entrada, giró la cabeza. “Sí, vos, el petiso de la puerta. Traeme otra ginebra”, le grité, sacando voz de donde no tenía. El pibe se acercó a la barra y me señaló. Prendí un cigarro, miré a la pista en busca de una sonrisa. La encontré. No era para reírse, pero me encontré una linda historia. Apenas la vi, me di cuenta de todo. No estaba ahí porque quería, pero ese era su ambiente. Sin amar los aires, se conocía todos los vientos. Ella misma creaba huracanes, pero tenía tormentas en los ojos. Unos ojos que no se levantaban del piso. Apuntaban a los seis zapatos que la rodeaban. Eso era genial, la rodeaban, no le hablaban. Claramente sabían con quién estaba tratando. La conocían. Ella no estaba a gusto, pero era quien llevaba la pelota. Se movía de un lado al otro, era un baile de lo menos apetecible. Si no leías entre líneas, si no olías ese aire, hubieses pensado que tenía algún problema motriz. No, señor, había olor a mierda.

            Yo me había ido, me quedé viviendo una historia aparte. De golpe, volví. El petiso de la puerta me tocó el hombro y caí de vuelta a la vida. “Ahí le dije que traigan su ginebra, señor. Por casualidad, ¿tienen un cigarrito para convidarme?”, casi suplicó hablando con rapidez por los nervios. “No digas cigarrito, pibe. Parecés un pelotudo. Tomá”, le contesté y le pasé el paquete. No salió corriendo porque había mucha gente, pero empujó a una rubia en su afán de querer escaparse de la situación. La gente le tiene miedo a los extraños, pero los busca igual. Nunca lo voy a entender.
           
Volví a buscarla con los ojos. Busqué su culo, porque sus ojos no miraban. Cuando la encontré, me di cuenta que estaba a unos dos metros delante de mí. Tenía un vestido de unos colores que se perdían en la oscuridad y los juegos de luces del lugar. El vestido le llegaba a la mitad de los muslos. No pasaron ni cinco segundos y lo empezó a sacudir. Buscaba algo de diversión, buscaba que la miren. Ella notaba que nadie la buscaba. Estaba muerta en vida y los cuervos no le querían comer los ojos. Claro, sus ojos no miraban. Para mi sorpresa, levantó la mirada. Le regaló una sonrisa con excesiva falsedad al más joven de las que la rodeaba. El pendejo tenía unos 27 años, pero no sabía coger. Se notaba por como tomaba su copa de champagne. La mirada libidinosa del pibe me hizo reír. Literalmente, largué una carcajada inmensa. Le dio un trago más a su bebida, tomó coraje. Es obvio que se quedó en el mismo lugar y nunca se le acercó a la prostituta. Los otros dos, un viejo canoso y un tipo de bigote finito. Esos sabían. Eran los que cagaban y no limpiaban, eran los culpables. Y el bobo del champagne, se encaminaba a ser eso.
           
Ella agachó su cabeza y no la levantó nunca más.
           
            “Tome”, me susurraron al oído. La moza no me mató de un susto de pedo. Le miré las tetas, agarré mi copa y me fui a sentar. Tenía decidido que apenas termine mi ginebra, me iba. “La puta que lo parió. Tengo hambre”, pensé cuando el vaso quedó vacío. Siempre me olvido, la ginebra me da hambre. Quedó mi forma en el sillón blanco.
            Podía ir por afuera, pero decidí atravesar la pista, es la selva de los perfumes.  Sin perder tiempo, la busqué a ella. No la encontré. Crucé entre ese mar de gente y cuando llegué a la puerta, estaban los cuatro. El pendejo la iba abrazando. Bah, iba con la mano en el culo de ella. Actitud típica de pibe que no sabe coger. Pasé rápido y los anticipé. Hacía frío afuera y yo estaba sin campera, así que decidí prender otro cigarro para entrar en calor. Cuando me pasaron por al lado, ella levantó la cabeza y sólo moviendo los labios me dijo “gracias”. No entendí. Tal vez, me vio cara de escritor de cuentos y sabía que iba a contar sobre ella. No sé cómo se dio cuenta, sus ojos no miraron nunca.